Por años, el tema de las adicciones ha estado rodeado de silencio, vergüenza y estigma. Se habla en voz baja, se esconde en la familia y casi nunca se mira de frente. Por eso, cuando una mujer decide no solo contar su historia, sino convertirla en una plataforma de ayuda, transformación y dignificación para otras, vale la pena detenernos y escucharla con el corazón abierto.
Esa mujer es “Ely Peña”, directora de “Clínica Integral Metamorfosis Unidad Mujeres” en Tijuana, Baja California, y protagonista de la portada de cierre de año de ALPHA Magazine 2025. Su nombre comienza a resonar cada vez con más fuerza, no por escándalos ni estridencias, sino por algo mucho más profundo: está cambiando la forma en que se atiende y se mira la adicción en mujeres, desde la compasión, la ciencia y el respeto.
De la oscuridad a la misión
Ely nació en Ensenada, Baja California. Su historia no comienza en una oficina elegante ni en un título académico colgado en la pared, sino en un momento de quiebre personal: ella misma pasó por el infierno de la adicción y fue internada por su familia en un centro de rehabilitación.
Lo que vivió ahí marcaría el rumbo de su vida.
No había profesionales. No había procesos clínicos estructurados. No había dignidad en el trato, especialmente para las mujeres. Había creencias, opiniones, control, ignorancia –como hoy ella misma lo llama con respeto, pero sin suavizar la realidad. En un ambiente mixto de hombres y mujeres, la vulnerabilidad femenina era aprovechada, no protegida. Aquello que supuestamente debía sanar, también lastimaba.
En medio de esa experiencia, en lugar de quebrarse para siempre, algo se encendió dentro de Ely: “Un día voy a tener un establecimiento de rehabilitación solo para mujeres.”
No fue un sueño romántico ni una ocurrencia pasajera. Fue una visión. Y esa visión, con el tiempo, se convirtió en misión de vida.
Hoy, Ely se define como una mujer visionaria, mamá soltera de dos hijas, que ha decidido abrazar su historia sin vergüenza. No la cuenta desde el morbo, sino desde el orgullo de ser una nueva persona:
“Tal vez daría pena si siguiera siendo la misma de antes. Pero hoy es una bendición poder decir que soy otra.”
De víctima a agente de cambio
Lo que Ely ha comprendido en carne propia, y ahora ve todos los días en las pacientes que llegan a Metamorfosis, es que la adicción rara vez es el inicio del problema. Es más bien una consecuencia, una expresión extrema de heridas profundas: codependencia, baja autoestima, traumas, carencias emocionales, creencias limitantes aprendidas en casa.
Muchas mujeres llegan a la adicción por mantenerse en relaciones destructivas, por confundir amor con sacrificio doloroso, por creer que su valor depende de estar con alguien. Otras arrastran historias de abandono, violencia, abuso, soledad o familias disfuncionales. Ely no las juzga: las entiende, porque ella también estuvo ahí.
Por eso insiste en una idea clave: a muchas mujeres no se les puede “devolver” la autoestima o el amor propio, porque nunca lo tuvieron realmente. Es algo que hay que “construir por primera vez”. De ahí su frase contundente a las pacientes que le dicen: “Quiero volver a ser la que era antes”.
Su respuesta es clara:
“No puedes ser la de antes, porque la de antes te llevó al lugar en el que estás ahora.”
El objetivo no es regresar al punto de partida, sino caminar hacia una versión nueva, más consciente, más libre, más fuerte.
Metamorfosis: más que un nombre, un proceso
El nombre de su clínica no es decorativo: “Clínica Integral Metamorfosis Unidad Mujeres”. Metamorfosis habla de transformación, pero Ely va más allá y prefiere hablar de “reconfiguración”.
En la adicción, muchas mujeres “tocan suelo”: se arrastran, se humillan, pierden toda dignidad. En Metamorfosis, el proceso terapéutico busca que esa historia se resignifique: que dejen de preguntarse “¿por qué me pasó esto?” y comiencen a preguntarse “¿para qué viví esto?”.
Esa diferencia semántica se convierte en un giro existencial.
Cuando empiezan a levantarse, a entender sus patrones, a reconocer sus heridas, a recuperar su identidad, entonces la metamorfosis es real: ya no niegan su pasado, lo integran como parte de la fuerza que hoy las sostiene. Y, casi de forma natural, muchas sienten el deseo de ayudar a otras.
Así, Metamorfosis no solo es una clínica: es una red creciente de mujeres que pasaron del dolor a la empatía, y que ahora se convierten en espejos de esperanza para las que llegan.
Un tratamiento clínico, humano y digno
Lejos de ser un espacio improvisado, Metamorfosis funciona con un “equipo integral” y una visión clínica sólida. El ingreso comienza con una evaluación seria: antidoping, estudios de laboratorio y valoración por un médico general. Después, interviene un “neuropsicólogo y doctor en salud mental”, quien evalúa si, además de la adicción, la paciente presenta algún trastorno mental: trastorno límite de la personalidad, trastorno obsesivo compulsivo, esquizofrenia, bipolaridad u otros.
Cuando es necesario, se integra un psiquiatra para el manejo farmacológico, especialmente en procesos de desintoxicación complejos –por ejemplo, en consumo de fentanilo, donde un mal manejo puede costar la vida.
Junto a ellos, trabajan psicólogos y “consejeros en adicciones”: hombres y mujeres en recuperación, con más de dos años de sobriedad, que han reconstruido su vida, su familia, su profesión. Su presencia es clave: las pacientes recién ingresadas ven, frente a ellas, la evidencia de que sí es posible salir del círculo.
El enfoque es claro: no se trata solo de que dejen de consumir. Se trata de atender heridas emocionales profundas, trabajar el sistema familiar, reconstruir vínculos y aprender a vivir de otra manera.
El tabú, la negación y la voz que incomoda… pero sana
En América Latina, todavía existen temas “prohibidos”. La adicción es uno de ellos. Muchas familias prefieren ocultar, negar, minimizar. Se piensa que “de esto no se habla”. Ely decidió hacer exactamente lo contrario: “hablarlo todo”.
Lo cuenta en entrevistas, en conferencias, en secundarias, preparatorias y universidades. Comparte datos crudos: el porcentaje altísimo de adolescentes que ya consumen marihuana, anfetaminas, fentanilo o alcohol. Habla de cárceles, psiquiátricos, violencia y dolor. Pero no lo hace desde el fatalismo, sino desde la conciencia y la esperanza.
Ella misma lo dice con claridad:
– “Para mí, hablar de esto no es vergüenza, es orgullo. Sería vergonzoso seguir siendo la de antes. Hoy es una bendición poder estar al frente de un lugar y decir: sí, yo estuve ahí… y aquí estoy.”
Su mensaje no se dirige solamente a quienes consumen. En realidad, sus palabras van especialmente a las “familias”, porque la negación casi siempre empieza ahí. Muchas veces no saben qué hacer, a quién acudir, ni qué tipo de ayuda es la correcta. Ely lo subraya: no todos los casos requieren internamiento; algunos pueden trabajarse de manera ambulatoria. Pero “siempre” se requiere evaluación profesional y ética.
No se trata de llenar camas en una clínica, sino de ofrecer lo que la persona realmente necesita.
Un llamado a la ciudad y a la frontera
Cuando se le pregunta cómo puede la comunidad apoyar su causa, Ely responde sin rodeos: “pasando la voz”. Hablando del tema. Reconociendo que el problema existe en más hogares de los que imaginamos. Entendiendo que no se trata de “gente de la calle”, sino también de estudiantes, empleados, padres y madres de familia.
Quiere que Tijuana, Baja California, la franja fronteriza y más allá, sepan que existe un lugar donde las mujeres pueden recibir un trato digno, profesional y humano. Donde la adicción se entiende como lo que es: “una enfermedad emocional y mental”, reconocida por la Organización Mundial de la Salud, que debe tratarse igual de seriamente que la diabetes o el cáncer: con médicos, procesos, acompañamiento y tiempo.
Al final, Ely comparte una frase que la acompaña en su trabajo diario y que resume la esencia de su misión: “No podemos conocer a las personas, pero realmente nos importan.”
En Metamorfosis, no se trabaja con productos ni con expedientes fríos: se trabaja con almas. Con historias rotas que pueden reconfigurarse. Con mujeres que, acompañadas, pueden pasar del suelo a la verticalidad, del silencio a la voz, de la vergüenza a la dignidad.
Cerrar el año con Ely Peña en la portada de ALPHA Magazine 2025 no es solo un reconocimiento a su labor. Es una declaración editorial: en una sociedad herida, necesitamos más personas que se atrevan a transformar su dolor en propósito y su historia en esperanza para otros.