Antes de llevar Dinner in the Sky a los cielos de Tijuana, tuvo que aprender a levantarse de sus propios errores. Hoy dirige empresas, genera empleos y sostiene una filosofía empresarial construida entre riesgo, disciplina, familia y una ciudad que le enseñó que las oportunidades no siempre llegan: algunas hay que crearlas.
A 45 metros de altura, el miedo se comporta de una manera extraña.
Primero aparece en el cuerpo. Las manos buscan dónde sujetarse. La mirada intenta calcular la distancia hasta el suelo. La mente comienza a fabricar preguntas que, cinco minutos antes, ni siquiera existían.
Entonces la plataforma empieza a subir. Lentamente.
Tijuana comienza a verse diferente. Los edificios disminuyen, el horizonte se ensancha, aparece la comida, llega una copa, comienza la conversación y, casi sin darse cuenta, quien minutos antes dudaba si subir termina sonriendo, grabando un video y contemplando la ciudad desde un lugar donde nunca imaginó estar.
Abraham Morales ha visto esa transformación muchas veces desde que Dinner in the Sky México llegó a Tijuana. Lo interesante es que, de alguna manera, esa escena también podría describir su propia vida empresarial. Porque Abraham no construyó su trayectoria evitando el miedo. La construyó aprendiendo qué hacer después de sentirlo.
ANTES DE SUBIR, TUVO QUE CAER
Su historia no comienza en el cielo ni con una fotografía espectacular para Instagram. Comienza mucho más abajo: trabajando, aprendiendo comercio exterior y descubriendo que la vida profesional podía ser considerablemente más complicada que aquello que enseñaban los libros.
Aunque no nació en Tijuana, llegó siendo muy joven y prácticamente creció con la ciudad. La vio expandirse, modernizarse y transformarse en uno de los territorios económicos más dinámicos de la frontera México–Estados Unidos. Para él, Tijuana nunca fue únicamente el lugar donde vivía. Se convirtió en el lugar donde podía construir.
Estudió comercio exterior. Hizo prácticas profesionales. Observó cómo algunos compañeros contaban con contactos y caminos previamente abiertos. Él no tenía demasiadas alternativas.
Así que hizo algo que después repetiría muchas veces en su vida:
aprovechó la oportunidad que sí tenía.
Trabajó, aprendió y permaneció. Después cometió uno de los errores que hoy recuerda como parte fundamental de su formación.
Con apenas dos años de experiencia decidió emprender. Personas que sabían más que él intentaron detenerlo. “No”, le dijeron. Todavía no. Él creyó que estaba listo. No lo estaba y el proyecto salió mal. Y probablemente aquella experiencia le enseñó más sobre negocios que muchas materias universitarias: tener hambre de crecer no significa estar preparado para hacerlo.
Su error, reconoce ahora, no fue solamente haberse adelantado. Fue no haber escuchado a quienes ya habían recorrido el camino.
Ahí comenzó otra etapa. Abraham regresó a aprender.
Se capacitó. Escuchó. Acumuló experiencia. Construyó relaciones. Y eventualmente ocurrió algo que ningún plan de negocios puede garantizar: los clientes comenzaron a confiar en él antes de que existiera su siguiente empresa.
Algunos le hicieron una promesa sencilla: Cuando abras, nos vamos contigo. Y entonces abrió.
LA CONFIANZA FUE SU PRIMER CAPITAL
Aquella empresa de comercio exterior se convirtió en la base de una trayectoria que hoy supera una década. Pero Abraham hizo algo distinto esta vez: no corrió. Esperó aproximadamente ocho años antes de comenzar otra compañía.
Después vino una transportista. Más adelante otras operaciones relacionadas con comercio exterior, logística y servicios. Finalmente nació una estructura corporativa para administrar diferentes unidades de negocio en México y Estados Unidos.
Abraham había entendido algo que muchos emprendedores descubren demasiado tarde:
abrir empresas es relativamente sencillo; construir organizaciones capaces de sobrevivir al empresario es otra historia.
Con el crecimiento llegó también una nueva inquietud. Después de años dentro de sectores que conocía, comenzó a sentirse estancado. Quería algo diferente.
Y apareció una mesa que podía volar.
“ESTÁN LOCOS”
Dinner in the Sky parecía precisamente el tipo de proyecto que obliga a un empresario a decidir cuánto cree realmente en su capacidad para ejecutar una idea extraordinaria.
Abraham buscó el concepto, realizó el acercamiento y comenzó un proceso que involucró estructura empresarial, permisos, logística y operación. Cuando presentó el proyecto en Tijuana, hubo una reacción que recuerda particularmente.
“Están locos.” Y la respuesta era comprensible.
Una grúa. Una plataforma. Personas suspendidas decenas de metros sobre el suelo. Chef. Cocina. Bebidas. Equipos de seguridad. No era exactamente un restaurante tradicional. Pero Abraham tampoco estaba buscando construir uno.
La instalación comenzó a generar conversación incluso antes de iniciar formalmente. La gente que transitaba por la zona grababa videos. Llegaron publicaciones, comentarios y memes. Restaurantes de la ciudad se sumaron con humor a la conversación.
Dinner in the Sky Tijuana se volvió viral antes de que muchos tijuanenses entendieran exactamente qué estaban viendo.
Y con la curiosidad llegó también la crítica. Algunos cuestionaron la seguridad. Otros aseguraron que jamás subirían. Pero Abraham aprendió algo interesante: muchas opiniones cambiaban después de vivir la experiencia.
Porque desde abajo parece una locura. Desde arriba, la historia cambia.
EL MIEDO CASI SIEMPRE HABLA ANTES QUE LA EXPERIENCIA.
Detrás de aquello que el público percibe como entretenimiento existe una operación considerablemente más compleja: Protección Civil, Bomberos, permisos gubernamentales, revisiones, grúa, generadores, montaje, protocolos y procedimientos de seguridad.
Abraham asegura que han cumplido las revisiones requeridas y destaca el historial de operación sin accidentes que habían acumulado hasta el momento de esta entrevista. Para él, la innovación no consiste en ignorar el riesgo.
Consiste en administrarlo y esa diferencia también define su manera de hacer negocios.
EL DÍA QUE DEJÓ DE TRABAJAR SOLAMENTE PARA ÉL
Sin embargo, cuando la conversación abandona las empresas, las grúas y los proyectos, aparece probablemente la parte más reveladora de Abraham Morales.
Su familia. Habla de su madre. De su abuela. De su hermana. De su sobrina. De las mujeres que participaron en su formación profesional y personal. Habla de querer darle a su abuela una vejez digna, atención médica cuando la necesite; de que su madre pueda vivir tranquila; de construir mejores posibilidades para los suyos.
Y después dice algo que cambia por completo la dimensión de su historia empresarial.
Hoy, cuando observa sus compañías, entiende que ya no es responsable únicamente de su propia familia. También existen las familias de quienes trabajan con él.
Esa conciencia pesa. Un empresario puede amanecer cansado, frustrado o preocupado. Puede tener un mal día, pero la nómina no lo sabe y las responsabilidades tampoco.
Por eso Abraham se permite, dice, quizá un día para enojarse. Después hay que continuar.
“YO YA NO SOY RESPONSABLE SOLAMENTE DE MI NÓMINA. SOY RESPONSABLE DE TANTAS FAMILIAS QUE ESTÁN DEPENDIENDO DE MÍ.”
Esa frase explica mejor su concepto de liderazgo que cualquier definición académica.
También explica por qué apuesta por jóvenes. En sus empresas existen colaboradores que llegaron desde la universidad, tuvieron ahí su primera oportunidad profesional y permanecen años después. Abraham cree en formar talento, pero también en algo que su propia juventud le enseñó dolorosamente: experimentar tiene un límite.
Llega un momento en que hay que elegir: Enfocarse y construir.
NO ESPERES A QUE ALGUIEN CONSTRUYA TU FUTURO
Cuando Abraham habla de Tijuana, tampoco lo hace desde la ingenuidad. Reconoce sus problemas, pero se resiste a aceptar una narrativa que solamente observa lo negativo. Él ha encontrado aquí trabajo, clientes, empresas, colaboradores y oportunidades.
Por eso su mensaje tiene poco que ver con esperar. Incluso cuando habla del futuro financiero utiliza una expresión provocadora: “júbilate por ti mismo.”
No construyas tu vida esperando únicamente aquello que algún día pueda entregarte un sistema, una empresa o un gobierno. Construye activos, capacidades, conocimiento y oportunidades suficientes para que el futuro dependa también de las decisiones que estás tomando hoy.
Quizá por eso Dinner in the Sky termina siendo una metáfora extraordinariamente precisa de Abraham Morales.
Desde abajo, subir parece innecesario. Arriba existe incertidumbre, hay riesgo, hay miedo. Pero también existe una perspectiva que solamente puede descubrir quien decide elevarse.
Abraham lo aprendió primero de la manera difícil: cayó por querer avanzar demasiado rápido. Después aprendió a escuchar, prepararse y volver a intentarlo. Construyó una empresa. Luego otra. Después un corporativo. Generó empleos. Incursionó en gastronomía, logística, entretenimiento y experiencias. Y ahora comienza también una etapa de responsabilidad social mediante su fundación.
Sus sueños, dice, se han convertido en realidad. Pero inmediatamente elimina cualquier posibilidad de romanticismo: ha sido a través de esfuerzo y muchísimo trabajo.
Tal vez ahí se encuentre la verdadera historia. No en una mesa suspendida a 45 metros. No en el empresario que aparece en una fotografía. Ni siquiera en Dinner in the Sky.
La historia está en aquel joven que alguna vez creyó saber suficiente, se equivocó, tuvo la humildad de reconocerlo y regresó a prepararse. Porque el éxito empresarial no consiste en no caer.
Consiste en aprender tanto de la caída que, cuando la vida vuelva a darte la oportunidad de subir, esta vez estés preparado para llegar mucho más alto.
