En el universo todo se devuelve. Lo que decimos, lo que hacemos, lo que deseamos a otros.
En el mundo de las relaciones públicas, y en la vida misma, cada palabra es una semilla: puede
germinar amor o desconfianza, paz o conflicto. Por eso, cuando vemos que una de las nuestras
—una mujer, una madre, una gobernadora— es objeto de una campaña de desprestigio, no
podemos guardar silencio ni convertirnos en eco de la destrucción.
El caso de la gobernadora Marina del Pilar, más allá del tema migratorio o diplomático, nos
exige una reflexión más profunda como sociedad: ¿por qué hablamos tan mal de los
nuestros? ¿Por qué celebramos su caída en lugar de defender su humanidad? ¿Qué dice
de nosotros cuando repetimos el juicio sin entender las razones?
Y más importante aún: ¿qué estamos sembrando como colectivo?
El karma de las palabras
Las palabras no se las lleva el viento. Quedan retumbando en los diferentes espacios del
universo, y un día vuelven a sonar. Las palabras construyen realidades. Y si nuestra narrativa
como ciudadanos se basa en la crítica desmedida, en el desprestigio, en el morbo, eso mismo
es lo que estamos alimentando en nuestra energía individual y en la de nuestra comunidad.
Criticar sin compasión tiene consecuencias. No solo deteriora reputaciones, también erosiona
la conciencia. Porque quien no defiende a los suyos cuando más lo necesitan, termina solo,
sin raíces, sin honra. Hablar mal por deporte es una forma de violencia pasiva. Y eso, tarde o
temprano, vuelve.
Las Relaciones Públicas basadas en valores tienen una responsabilidad espiritual: ser
guardianas de la verdad, del respeto y de la dignidad. No significa encubrir. Significa cuidar. Ver
lo bueno antes que lo malo. Y, cuando hay algo que cuestionar, hacerlo con altura, con
argumentos, no con veneno.
El alma de la comunicación
Nuestra profesión —cuando se ejerce desde el alma— es medicina para las sociedades. No
es solo crear discursos, es sanar percepciones, es ofrecer otras formas de ver el mundo. Por
eso, nos toca recordar y hacer recordar lo que sí se ha hecho bien. Porque una vida pública no
se mide por un tropiezo, sino por el camino recorrido.
Marina del Pilar no es solo una figura política. Es una mujer. Y como muchas mujeres,
seguramente ha enfrentado críticas más duras solo por serlo. ¿Alguien se preguntó cómo se
sintió al enterarse de que no podría cruzar la frontera, siendo la gobernadora de un estado
binacional? ¿Cómo es que un hecho de esa magnitud no nos tocó el alma como mexicanos?
Ahí nos fallaron las relaciones públicas. Ahí nos faltó estrategia, sí, pero sobre todo nos faltó
corazón. Nos faltó narrar desde lo humano, desde la herida, desde la vulnerabilidad. Nos faltó
levantar la voz por lo que ese acto implicaba más allá del personaje político.
El llamado a la lealtad con luz
Ser leal no significa estar de acuerdo en todo. Significa ser justo, ser noble, ser coherente.
Cuando alguien de los nuestros es atacado injustamente, nos toca preguntarnos: ¿desde
dónde me estoy posicionando? ¿Estoy informada? ¿Estoy siendo justa? ¿Estoy siendo buena
persona?
Y ahí entra la parte más espiritual de todo esto: cuando uno elige hablar con luz, la vida se lo
devuelve en paz. Cuando uno elige callar el juicio y abrir el corazón, todo se acomoda mejor.
La gobernadora hoy no necesita más opiniones; necesita un entorno que recuerde quién es,
lo que ha hecho, lo que representa. Necesita que su comunidad sea aliada, no verdugo.
Construir desde el alma
México necesita más relaciones públicas con alma, con ética y con valores. Necesita
ciudadanos que no se presten al linchamiento mediático. Que no alimenten el morbo, sino la
memoria. Que no siembren odio, sino respeto. Que recuerden que una palabra puede
levantar… o destruir.
Hablemos bien de los nuestros. No por obligación, sino porque es lo correcto. Porque el
karma también escucha. Porque el alma también siente. Porque el país que queremos no se
construye con piedras, sino con puentes.
«Que nuestras conexiones sean siempre genuinas, nuestras palabras sinceras y nuestro
impacto positivo.»
Con cariño,
Tu amiga, Niral Basave.