Presidentes de organismos, CEOs, directores, empresarios y líderes de Tijuana y San Diego protagonizaron un encuentro liderado por el director del Club de Alphas, el Dr. Sergio Diaz, donde José Galicot convirtió su historia de vida en una conversación sobre trabajo, riesgo, reinversión, transformación y la responsabilidad de construir futuro.
Hay reuniones que terminan cuando se levanta la mesa. Y hay conversaciones que continúan trabajando en la mente mucho después de que el último invitado se haya marchado.
El Encuentro del Club de Alphas del 22 de septiembre perteneció a las segundas.
A las cinco de la tarde comenzó a reunirse un grupo cuidadosamente seleccionado de líderes de Tijuana y San Diego: presidentes de asociaciones, CEOs de corporativos, directores de empresas, organismos e instituciones, y empresarios provenientes de distintos sectores. No llegaron para intercambiar tarjetas apresuradamente ni para escuchar otra presentación corporativa. Llegaron para algo que escasea precisamente entre quienes viven tomando decisiones: sentarse, conversar y escuchar sin prisa.
Vinos finos, café seleccionado, tablas de charcutería, fotografía, convivencia y atención personalizada acompañaron el encuentro. Sin embargo, conforme avanzó la tarde, quedó claro que el verdadero lujo no estaba en lo servido sobre la mesa.
Estaba alrededor de ella.
Personas con experiencias diferentes, responsabilidades importantes y trayectorias construidas durante años compartiendo un mismo espacio sin protagonismos institucionales. Ahí cobró sentido una de las premisas que dieron origen al Club de Alphas: reunir liderazgo comprobado no para competir por posiciones, sino para provocar conversaciones capaces de generar conocimiento, colaboración y crecimiento.
El Dr. Sergio compartió con los invitados el objetivo del Club de Alphas, y la necesidad que tiene nuestra ciudad y los líderes, de encontrar un lugar, una mesa donde puedan llegar a escuchar, aprender y crecer. Entonces tomó la palabra José Galicot.
La tarde cambió.
UNA HISTORIA QUE NO COMENZÓ CON EL ÉXITO
Galicot no habló desde la teoría. Habló desde la memoria.
Regresó a una infancia marcada por la llegada de su familia a Tijuana y por una realidad económica muy distinta a la que posteriormente construiría. Recordó días en que el dinero escaseaba, el trabajo de su padre, los pequeños negocios familiares y una ciudad fronteriza que todavía estaba descubriendo en qué podía convertirse.
En su relato aparecieron tiendas, ropa, botones, telas, largas jornadas de trabajo y una familia que aprendió a salir adelante trabajando. Pero entre las anécdotas comenzó a emerger algo mucho más poderoso: una manera de entender al empresario.
No como alguien que simplemente posee un negocio. Como alguien que observa, piensa, cuestiona y transforma.
En algún momento de su juventud, abrumado por las tareas de una tienda, Galicot llegó a una conclusión aparentemente sencilla: trabajar sin detenerse a pensar también puede convertirse en una limitación.
“NO ME ESTÁS DEJANDO PENSAR.”
La frase resonó de manera distinta frente a una mesa integrada precisamente por personas acostumbradas a vivir entre decisiones, reuniones, llamadas, pendientes y responsabilidades. ¿Cuántos empresarios están tan ocupados operando su empresa que ya no tienen tiempo para imaginar la siguiente? La pregunta quedó flotando.
ROMPER DOGMAS PARA PODER CRECER
Otro de los grandes hilos de su conversación fue la necesidad de romper los dogmas.
Galicot habló de personas que llegaron a territorios desconocidos y tuvieron que encontrar nuevas maneras de producir, trabajar y resolver problemas porque las fórmulas anteriores simplemente ya no funcionaban.
“Rompan con los dogmas”, insistió.
En el mundo empresarial actual —marcado por Inteligencia Artificial, transformación digital, cambios generacionales, nuevas formas de consumo y una economía binacional cada vez más interconectada entre Tijuana y San Diego— la frase resulta particularmente vigente.
Lo que construyó una empresa hace veinte años puede no ser suficiente para sostenerla durante los próximos diez. Liderar exige aprender. Pero también desaprender.
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Galicot lo vivió en carne propia.
Contó cómo comenzó a vender chamarras y cómo llegó a arriesgar prácticamente el dinero disponible en casa para aprovechar una oportunidad. Su esposa formó parte de aquella decisión. No había abundancia. Hubo etapas de enorme austeridad. Pero hubo trabajo. Mucho trabajo.
De día cumplía con sus responsabilidades. De noche continuaba cortando y preparando producto. El negocio comenzó a crecer.
Entonces apareció otra de las lecciones que atravesó la conversación: reinvertir.
Mientras llegaban mejores resultados, no convirtió inmediatamente el crecimiento en estilo de vida. El dinero regresaba al negocio. Producto. Inventario. Nuevas oportunidades.
Aquello que comenzaba a producir debía alimentar aquello que todavía podía construirse. Esa disciplina fue abriendo una puerta después de otra.
LOS NEGOCIOS TAMBIÉN SE CONSTRUYEN CON PERSONAS
Sin embargo, quizá algunos de los momentos más memorables de la charla no estuvieron relacionados con dinero. Estuvieron relacionados con personas.
Galicot recordó empresarios y amigos que confiaron en él, hombres que le prestaron dinero, compartieron experiencia o le abrieron oportunidades. También relató episodios que le enseñaron que hacer negocios no consiste únicamente en comprar barato, vender caro y generar utilidad.
En uno de ellos recordó a un comerciante enfrentando a un joven que había robado. En lugar de reducir la situación exclusivamente al castigo, aquel hombre intentó comprender qué había detrás de la conducta.
Galicot observaba. Y aprendía.
Porque una trayectoria empresarial también se construye de aquello que vemos hacer a otros cuando nadie está entregando reconocimientos.
La confianza, la amistad, la palabra y la capacidad de ayudar aparecieron repetidamente en su historia.
También las mujeres.
Su intervención había comenzado precisamente hablando de la transformación del papel femenino en la sociedad, las universidades y las empresas. Habló de respeto, de igualdad y de algo particularmente relevante: entender a la mujer como socia, no como subordinada del hombre.
Fue una conversación sin guion aparente, llena de historias que saltaban de una época a otra, pero que terminaban regresando siempre al mismo territorio: cómo crecemos como personas mientras intentamos crecer como empresarios.
CUANDO LA MESA SE CONVIERTE EN EL VERDADERO ESCENARIO
El tiempo pasó casi sin anunciarse. Y probablemente ahí estuvo el mayor éxito del encuentro.
No se sintió como un evento diseñado para acumular fotografías con programas saturados. Se sintió como una conversación que valía la pena continuar…. Y continuará.
El liderazgo de una región no se construye únicamente dentro de oficinas corporativas, cámaras empresariales o instituciones, guerras de poder, títulos o en votaciones manipuladas. También se construye cuando personas que normalmente están al frente de sus propias organizaciones aceptan sentarse como iguales para conversar y escuchar otra perspectiva.
Eso fue lo que ocurrió en el Club de Alphas. “Ese es mi único objetivo e intención», afirmó el Dr. Sergio Diaz.
Tijuana tiene empresarios. Tiene presidentes. Tiene directores. Tiene líderes institucionales y profesionales capaces de competir en ambos lados de la frontera.
Lo extraordinario sucede cuando conseguimos que parte de ese talento comparta la misma mesa. No para decidir quién tiene más poder. Para descubrir qué podemos aprender unos de otros.
“HAY MESAS DONDE ASISTES. Y HAY MESAS DONDE ERES INVITADO. PERO LAS QUE REALMENTE IMPORTAN SON AQUELLAS DE LAS QUE TE LEVANTAS PENSANDO DIFERENTE.”-Dr. Sergio Diaz
Esa tarde José Galicot habló de pobreza, trabajo, familia, negocios, riesgo, mujeres, errores, oportunidades, reinversión, amistad y transformación. No presentó una fórmula para alcanzar el éxito. Compartió algo mucho más difícil de encontrar: las experiencias que fueron construyendo su manera de pensar.
Y alrededor de él había otras historias igualmente importantes esperando su turno para ser escuchadas.
Ese es precisamente el desafío —y la oportunidad— del Club de Alphas.
Construir un espacio donde el liderazgo de Tijuana, Baja California y San Diego pueda encontrarse sin las barreras habituales; donde una conversación produzca otra; donde la experiencia de una generación dialogue con la visión de la siguiente; dónde conocimiento, trayectoria y relaciones puedan convertirse en nuevas posibilidades para nuestra región.
Porque una ciudad no cambia únicamente por los edificios que levanta, las empresas que atrae o el capital que genera. Una ciudad cambia cuando cambian las conversaciones de las personas que toman decisiones dentro de ella.
El 22 de septiembre nos sentamos alrededor de una mesa.
Y quizá lo verdaderamente importante no fue quién estaba sentado ahí, sino todo lo que puede comenzar a suceder después de que esas personas se levantaron de ella.
